Buscando info para explicar lo que son las mascletás a los neófitos me encontré con el comentario de una auténtica valenciana(http://daurmith.blogalia.com/) que me pareció muy adecuado, ahí va.
Por aquí por Valencia nos gusta el fuego. No sé por qué, pero nos encanta. El fuego en su vertiente lúdica y estética, pero fuego al fin y al cabo. Apenas hemos salido de las hogueras de San Antón en enero y ya estamos con la mirada puesta en marzo y en las Fallas, la fiesta de los tópicos. Qué le vamos a hacer, es lo que pasa con las tradiciones: sólo puedes decir algo nuevo sobre ellas durante unos pocos años. Luego su descripción se ritualiza también y pasa a ser parte de la tradición, un cómodo molde en el que encajar los adjetivos de siempre hilados en cadenetas gramaticales mil veces repetidas. Ya saben: "fiestas incomparables", "luz y color", "la belleza de las mujeres", "alegría y ruido"
Las mascletás llevan el ruido a otro nivel, casi cuántico. Las buenas mascletás, de hecho, siempre sorprenden, por mucho que creas que lo has oído todo. Si están bien estructuradas, van de menos a más manteniendo cierto ritmo, y tus tímpanos, al principio sobresaltados, se van acostumbrando al retumbar brusco y rítmico, soportado por los aullidos de banshee de las salidas. Hasta que llega el trueno.
El trueno es el clímax de la mascletá, una nube de ruido palpable, un estruendo telúrico de tal calibre que los oídos renuncian, derrotados, y le pasan el protagonismo a los huesos, que ronronean dentro del cuerpo como un gato gigante, y a la piel, que siente la caricia trémula de las ondas de choque de un ruido que pasa más allá del umbral sonoro y se convierte en silencio atronador. Son unos pocos segundos de éxtasis total, durante los que la cara se me abre en una sonrisa ancha, feliz, desbordada, que se contagia a todo el mundo a mi alrededor. O quizá me la contagian ellos.
Cuando todo termina y el mundo cae de golpe en un silencio algodonoso y ensordecido, aplaudimos y nos miramos unos a otros, hermanados por el shock, asintiendo y vocalizando nuestra aprobación, mientras el olor estimulante de la pólvora nos llena el cerebro y la adrenalina deja de fluír y nos enerva las venas y los músculos.
Por aquí por Valencia nos gusta el fuego. No sé por qué, pero nos encanta. El fuego en su vertiente lúdica y estética, pero fuego al fin y al cabo. Apenas hemos salido de las hogueras de San Antón en enero y ya estamos con la mirada puesta en marzo y en las Fallas, la fiesta de los tópicos. Qué le vamos a hacer, es lo que pasa con las tradiciones: sólo puedes decir algo nuevo sobre ellas durante unos pocos años. Luego su descripción se ritualiza también y pasa a ser parte de la tradición, un cómodo molde en el que encajar los adjetivos de siempre hilados en cadenetas gramaticales mil veces repetidas. Ya saben: "fiestas incomparables", "luz y color", "la belleza de las mujeres", "alegría y ruido"
Las mascletás llevan el ruido a otro nivel, casi cuántico. Las buenas mascletás, de hecho, siempre sorprenden, por mucho que creas que lo has oído todo. Si están bien estructuradas, van de menos a más manteniendo cierto ritmo, y tus tímpanos, al principio sobresaltados, se van acostumbrando al retumbar brusco y rítmico, soportado por los aullidos de banshee de las salidas. Hasta que llega el trueno.
El trueno es el clímax de la mascletá, una nube de ruido palpable, un estruendo telúrico de tal calibre que los oídos renuncian, derrotados, y le pasan el protagonismo a los huesos, que ronronean dentro del cuerpo como un gato gigante, y a la piel, que siente la caricia trémula de las ondas de choque de un ruido que pasa más allá del umbral sonoro y se convierte en silencio atronador. Son unos pocos segundos de éxtasis total, durante los que la cara se me abre en una sonrisa ancha, feliz, desbordada, que se contagia a todo el mundo a mi alrededor. O quizá me la contagian ellos.
Cuando todo termina y el mundo cae de golpe en un silencio algodonoso y ensordecido, aplaudimos y nos miramos unos a otros, hermanados por el shock, asintiendo y vocalizando nuestra aprobación, mientras el olor estimulante de la pólvora nos llena el cerebro y la adrenalina deja de fluír y nos enerva las venas y los músculos.
